Un artista autodidacta y un gran impulsor de la plástica paraguaya

Foto: Jaime Bestard (Extraída del catáloga de Amalia Ruiz Díaz).

 

Jaime Bestard (1892-1965) fue un artista nato y tomó por pasión la plástica. También incursionó como escritor, además de dedicarse a la docencia. Hoy, la posteridad lo recuerda por su legado en el campo pictórico.

Por Sergio A. Noé Ritter

 

Bestard fue uno de los pintores paraguayos de la generación del siglo XX que influyeron en el ámbito artístico local, formando a varios discípulos, quienes tomaron el desafío de la renovación estética en el Paraguay.

Edith Jiménez, Alicia Bravard, Herminio Gamarra Frutos, Fiorello Botti, Sara Díaz de Espada de Ramírez Boettner, fueron algunos de sus ilustres alumnos, a los cuales tuvo la oportunidad de adiestrarlos en el arte de la espátula, la brocha y el pincel.

Actualmente existen varias obras y textos periodísticos sobre la figura del artista, aunque el más reciente es el tomo titulado Jaime Bestard, arte y dignidad, de la investigadora Amalia Ruiz Díaz.

Mediante esta autora, que propone una suerte de libro catálogo –que incluye una breve biografía, textos y fotos de numerosas obras de Bestard– se tiene la oportunidad de conocer a este pintor, nacido en Asunción, un 14 de mayo de 1892.

Sus padres fueron Antonio Bestard, un empleado de una firma marítima, y Juana Sosa, una ama de casa.

Siendo bachiller del Colegio Nacional de la Capital, toma sus primeras clases en el entonces Instituto Paraguayo –hoy Ateneo Paraguayo–, con el profesor italiano Héctor Da Ponte.

A sus 15 años viaja de vacaciones a España, para visitar a unos parientes. Esa primera visita fuera del país puede considerarse de gran inspiración para el joven Bestard, quien comienza a manifestar

sus inclinaciones hacia la vocación pictórica.

Recién en 1918 realiza su primera exposición, en el entonces Gimnasio Paraguayo, como también se llamó lo que hoy es el Ateneo Paraguayo.

 

La aventura de Bestard

Para perfeccionar su técnica –buscando nuevos rumbos en su carrera– decide visitar la cuna del arte del Viejo Continente.

Por ello deja el nido familiar en 1922, emprendiendo un viaje a Buenos Aires, donde queda varado durante dos años.

Allí acepta realizar todo tipo de trabajos, que lo ayudarían a costear su viaje a París, Francia.

Pese a que esta empresa le proporcionó no pocas penurias, Bestard puso todo su empeño en tan osada aventura.

“La libertad cuesta mucho más cara que la comodidad. Mas, entre ésta y aquélla, no he vacilado nunca en elegir la primera, por la que he pagado y sigo pagando sin pestañear, sin fijarme en el precio, lo que ella exige para alcanzarla”, escribió el propio Bestard en su tomo autobiográfico, denominado La ciudad florida, que lanzaría años después.

Tras llegar en 1924 a la Ciudad Luz, inicia una nueva etapa vital, en una larga permanencia que durará casi diez años.

En la capital francesa se enriquece con nuevas experiencias de aprendizajes, ya que acude a academias y atelieres, y visita prestigiosos museos. Además, en París se ganaba la vida pintando

y vendiendo sus obras, aunque a precios irrisorios.

Según relata en su autobiografía, Bestard tuvo la desagradable sorpresa de tratar con revendedores de sus piezas, hasta incluso persiguió a un escurridizo deudor, del cual llegó a cobrar hasta el último céntimo.

 

El retorno fructífero del artista

Sólo en 1933 Bestard vuelve al Paraguay, iniciando otra etapa en su vida, de gran producción en las áreas pictórica, literaria y educativa.

Gracias a su empeño y esmero, el pintor formó a una camada de artistas que hasta hoy lo recuerdan con gran respeto y admiración.

Caracterizado por su gran espíritu autodidacta, como lo califica Ticio Escobar, siembra –aunque tímidamente– lo que serían los esbozos de la corriente modernista en el país.

 

 

Estilos abordados: La evolución de su obra

Nélida Amábile, catedrática de arte local, recuerda a Bestard como “un hombre modesto, en permanente búsqueda de la verdad pictórica”.

Para Amábile, el artista había incursionado en varios estilos, que van “desde el academicismo –como nutriente– al neocubismo, el efecticismo impresionista y las formas expresionistas

figurativas”.

Todo este desfile estilístico reflejaba, de algún modo, ese afán y esa inquietud del pintor por plasmar su realidad con un lenguaje que fuera el suyo, “evitando la repetición mecánica y fría”, al decir de Amábile.

Sin embargo, el crítico Enrique Marés planteó una clasificación de sus etapas pictóricas, como se estila en el estudio artístico, tomando las colecciones legadas por el pintor.

Por ello, Marés toma cuatro periodos: antes de su viaje a París (1907-1923), durante su residencia en Francia (1924-1933), su vuelta al país (1934-1950) y, finalmente, sus últimos años (1951-1965).

Bestard participó también en varias exposiciones individuales y colectivas en el país y en el exterior.

A nivel local se destaca su muestra en los salones del Unión Club, en 1961. Allí expuso su colección de 14 cuadros dedicados al Sesquicentenario de la Independencia Nacional, de fuertes rasgos figurativos y épicos, y que contó con los auspicios del Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas.

Intimidación de los revolucionarios a Velasco y Ajusticiamiento de José de Antequera y Castro se denominan algunos de sus óleos sobre lienzo más conocidos, los cuales actualmente tienen un gran valor económico, histórico y artístico.

Estas piezas están hoy resguardadas en el Museo de la Casa de la Independencia. En tanto, varios de sus paisajes están en el Museo Nacional de Bellas Artes y en manos de coleccionistas privados.

En el libro-catálogo de Amalia Ruiz Díaz se pueden apreciar numerosas obras sobre diversos formatos y estilos, tales como sus retratos de próceres, familiares, amigos y autorretrato.

Bestard también realizó bocetos variados, desnudos, piezas de naturaleza muerta, así como diversos óleos abstractos, piezas de témpera, óleo y acuarela sobre papel blanco o de periódico. En 1952, Bestard crea, junto a otros colegas, el Centro de Artistas Paraguayos, del cual ejerce la presidencia en dos oportunidades. También forma parte del directorio del Ateneo Paraguayo.

 

 

Apuntes

• Bestard también se dedicó a la literatura. Escribió dos obras de teatro, del género de la comedia. Una de ellas fue Arévalo, la cual se estrenó en 1943 en el Teatro Municipal, con la actuación de Ernesto Báez.

• Otra pieza escénica del artista fue Los gorriones de la loma, que se presentó en 1944, y que contó con la actuación de Nelly Prono.

• En 1951 publicó su novela autobiográfica llamada La ciudad Florida (Memorias de un bohemio), la cual fue impresa en Buenos Aires.

• Colaboró con periódicos locales de la época, apelando a varios géneros, que iban desde la opinión, los cuentos breves hasta los dibujos. Varios de éstos todavía no se han recopilado de manera

sistemática.

• Según Amalia Ruiz Díaz, Bestard accedió a la docencia de manera casi forzada, ante la necesidad de cubrir vacancias, ya que algunos profesores del Ateneo Paraguayo se retiraron o habían muerto.

• Aunque el artista prefirió ceñirse al estilo clásico y figurativo –una suerte de reproducción o copia fiel de la realidad–, tampoco ignoró las corrientes vanguardistas, de las cuales tuvo la oportunidad de conocer durante su estadía en París.

• Edith Jiménez, una de sus tantas alumnas, decía que muchos consideraban a Bestard como “académico”. Sin embargo, ella recordaba que fue este maestro quien le enseñó a amar “el arte abstracto”, ya que en 1945 todavía se prefería lo clásico, lo estandarizado, lo “estéticamente correcto”, según los cánones de la época. Romper eso significaba la incomprensión del medio.

• Dentro de las variadas colecciones de Bestard, figuraban paisajes nacionales y obras de tinte épico, que le valieron el mote de “academicista”, término de cierto rasgo peyorativo, puesto por sus contemporáneos y críticos de arte.

 

Artículo publicado en la edición impresa del Diario Última Hora, del lunes 25 de mayo, en la contratapa del periódico.

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